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Familia

¿Cuánto conoces a tu familia? 60 preguntas para la comida del domingo

La mayoría de las familias sabe muchísimo de la rutina de los demás y muy poco de su historia. Las preguntas que abren esa diferencia no son las íntimas: son las concretas sobre el pasado, porque nadie tiene que exponerse para responderlas.

Equipo Editorial 100 Aventuras6 de agosto de 202610 min de lectura
Tres generaciones de una familia alrededor de la mesa después de comer, una abuela contando algo y los demás escuchando con atención

Una familia puede compartir treinta años de comidas de domingo y no saber en qué trabajaba el abuelo antes de jubilarse, ni cómo se conocieron los papás, ni qué quería estudiar la mamá y por qué no lo hizo.

No es descuido. Es que esas conversaciones no aparecen solas: la sobremesa se llena de pendientes, de noticias y de lo que pasó esta semana. Para que aparezcan hay que preguntar, y para preguntar hay que tener la pregunta a la mano.

¿Cómo medir cuánto conoces a tu familia?

Antes de las listas, la prueba rápida, porque casi todo el mundo cree que sabe más de lo que sabe.

Elige a una persona de tu familia —tu mamá, tu papá, un hermano, un abuelo— y responde estas diez sobre ella, en silencio y sin preguntarle. Vale sólo lo que puedas contestar con seguridad, no lo que puedas suponer.

  1. ¿Cuál fue su primer trabajo?
  2. ¿Cómo se llamaba su mejor amigo de la infancia?
  3. ¿Qué quería estudiar cuando tenía dieciocho?
  4. ¿Cuál fue el año más difícil de su vida?
  5. ¿Cómo se llamaba la calle donde creció?
  6. ¿Cuál es la comida que más extraña de su infancia?
  7. ¿Qué le da miedo, en concreto?
  8. ¿Cuál es la decisión de la que más se arrepiente?
  9. ¿Qué le habría gustado que le preguntaran y nadie le preguntó?
  10. ¿Qué le gustaría que recordáramos de ella?

Cómo se lee el resultado:

Cuántas sabesQué significa
8 a 10Han conversado de verdad, no sólo convivido. Las listas de abajo te van a servir para ir más lejos
5 a 7Sabes su historia oficial: la que se cuenta en las fiestas. Falta la otra
2 a 4Es lo más común, y no dice nada malo de nadie: nunca hubo un momento para preguntar
0 a 1Empieza por las preguntas de hechos del primer bloque, nunca por las de sentimientos

La trampa del test está en las últimas dos preguntas. Son las que casi nadie puede responder, incluso quien acertó las ocho anteriores, y son justamente las que sólo se contestan preguntando.

¿Por qué cuesta tanto conversar en familia?

Por tres motivos que se refuerzan entre sí.

El primero es que la familia asume que ya se conoce. Con la pareja uno sabe que hay que preguntar; con un hermano se da por hecho que no hace falta.

El segundo es que las preguntas abiertas se sienten raras en un contexto donde nunca se hicieron. "¿Cómo estás realmente?" en una mesa donde siempre se habló del tráfico suena a que algo pasa.

El tercero es que los roles pesan. Es más difícil preguntarle algo personal a un padre que a un amigo, porque el rol viene con un guion.

Una pregunta escrita, venida de afuera, resuelve los tres: nadie la eligió, así que nadie tiene que justificar por qué preguntó. Por eso el formato de juego funciona mejor que la buena intención.

20 preguntas para la sobremesa

Ligeras, concretas y sobre el pasado. Empieza por aquí: las preguntas de hechos abren mucho más que las de sentimientos, porque no exigen exponerse.

  1. ¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?
  2. ¿Cómo era la casa donde creciste?
  3. ¿Qué hacías los domingos cuando tenías diez años?
  4. ¿Cuál fue tu primer trabajo y cuánto duraste?
  5. ¿Qué canción te recuerda a tu adolescencia?
  6. ¿Quién era tu mejor amigo a los quince y qué fue de él?
  7. ¿Cuál fue el mejor verano de tu vida?
  8. ¿Qué te daba miedo de niño?
  9. ¿Cómo se llamaba tu maestro favorito?
  10. ¿Cuál fue la primera película que viste en un cine?
  11. ¿Qué te cocinaba tu mamá o tu abuela?
  12. ¿Cuál fue el viaje más largo que hiciste?
  13. ¿Qué querías ser de grande?
  14. ¿Qué fue lo primero que compraste con dinero tuyo?
  15. ¿Cómo era la colonia donde vivías?
  16. ¿Qué apodo tenías y quién te lo puso?
  17. ¿Cuál fue tu peor corte de pelo?
  18. ¿A qué jugabas en el recreo?
  19. ¿Cuál fue tu primer concierto?
  20. ¿Qué animal tuviste y cómo se llamaba?

20 preguntas para los abuelos y los papás

Las más valiosas y las que menos se hacen a tiempo. Estas son las que las familias lamentan no haber preguntado.

  1. ¿Cómo se conocieron ustedes dos?
  2. ¿Qué pensaste la primera vez que lo o la viste?
  3. ¿Cómo era tu papá contigo?
  4. ¿Qué fue lo que más te costó de criar hijos?
  5. ¿Hubo algo que quisiste estudiar y no pudiste?
  6. ¿Cuál fue la decisión más difícil que tomaste?
  7. ¿De qué época de tu vida te acuerdas con más cariño?
  8. ¿Qué hiciste de joven que hoy no harías?
  9. ¿Cómo era la ciudad cuando llegaste?
  10. ¿Qué historia de la familia crees que se va a perder?
  11. ¿De dónde viene nuestro apellido?
  12. ¿Alguien de la familia se fue del pueblo o del país? ¿Por qué?
  13. ¿Qué objeto de la casa tiene una historia?
  14. ¿Qué aprendiste tarde y te habría servido antes?
  15. ¿Qué te habría gustado que te preguntaran?
  16. ¿En qué te pareces a tu mamá?
  17. ¿Cuál fue el año más difícil?
  18. ¿Qué es lo que más te enorgullece?
  19. ¿Qué consejo te dieron que sí funcionó?
  20. ¿Qué te gustaría que recordáramos de ti?

La última de esta lista es incómoda de leer y es la que más agradecen las familias que la hicieron. La ventana para hacerla no dura para siempre.

20 preguntas para hacer con niños

Funcionan porque los niños responden en serio y sin filtro, y porque obligan a los adultos a responder al mismo nivel.

  1. ¿Qué es lo más divertido que hiciste esta semana?
  2. Si pudieras cambiar una regla de la casa, ¿cuál sería?
  3. ¿Qué crees que hago yo en el trabajo?
  4. ¿Cuál es tu lugar favorito de la casa?
  5. ¿Qué superpoder escogerías?
  6. ¿Qué te da coraje?
  7. ¿Quién te hace reír más?
  8. ¿Qué te gustaría hacer el próximo fin de semana?
  9. ¿Qué es lo más rico que has comido?
  10. Si mandaras tú un día entero, ¿qué haríamos?
  11. ¿Qué te da miedo?
  12. ¿En qué eres bueno?
  13. ¿Qué te gustaría aprender?
  14. ¿Cómo era yo de niño, según lo que te han contado?
  15. ¿Qué es lo mejor de tener hermanos?
  16. ¿Qué le preguntarías a la abuela?
  17. ¿Cuál es tu mejor recuerdo con nosotros?
  18. ¿Qué te gustaría que hiciéramos más seguido?
  19. ¿Qué cosa nunca te he preguntado?
  20. ¿Qué es lo que más te gusta de esta familia?

¿Cómo convertir las preguntas en un juego con puntaje?

Hasta aquí las preguntas se responden y ya. Pero hay una versión que funciona mucho mejor en una mesa grande, sobre todo cuando hay adolescentes que no quieren participar en nada: en vez de preguntar sobre uno mismo, se apuesta a lo que va a contestar el otro. Ahí deja de ser una conversación y se vuelve un juego con ganador.

Las reglas caben en un minuto:

  1. Uno es el protagonista de la ronda. Se elige por edad, empezando por el más chico, o por sorteo.
  2. Se lee la pregunta en voz alta, tomada de cualquiera de las listas de arriba.
  3. Todos escriben en un papel lo que creen que va a contestar, sin mostrarlo. El protagonista también escribe su propia respuesta.
  4. Se destapan al mismo tiempo. Un punto por cada acierto; los define el protagonista, que es el único juez y no acepta reclamos.
  5. Después de repartir los puntos, el protagonista cuenta la historia completa. Esta es la regla que hace que valga la pena: el puntaje es la excusa, la historia es el juego.
  6. Se rota el protagonista hasta que todos hayan pasado una vez. Con ocho personas, dos rondas de preguntas alcanzan para una sobremesa entera.

Dos variantes según quién esté en la mesa. Con niños chicos, en vez de escribir se contesta a viva voz por turnos, para que no dependa de saber leer y escribir rápido. Con familia dividida entre varias ciudades —o entre México y el otro lado— funciona por videollamada: cada quien escribe en su casa y todos muestran el papel a la cámara al mismo tiempo.

Si no quieren armar las tarjetas a mano, el formato ya existe hecho: ¿Conoces a tu Familia? Juego de Cartas Familiar trae las preguntas repartidas por nivel y ahorra la parte que casi siempre falla, que es que alguien tenga que elegir cuáles preguntar.

¿Para cuántas personas sirve y cuánto dura?

Las dudas prácticas, antes de sacarlo en una comida familiar:

  • Número de jugadores. Desde tres, y funciona mejor entre cinco y ocho. De a dos deja de tener gracia, porque adivinar entre dos personas no tiene competencia. Con más de diez las rondas se alargan y alguien se aburre esperando su turno.
  • Cuánto dura. Una ronda completa con seis personas toma entre treinta y cuarenta minutos, que es justo el largo de una sobremesa. Con dos rondas ya se llena una tarde, y ahí conviene parar aunque queden ganas.
  • Desde qué edad. Desde los seis o siete si se juega a viva voz en vez de escribir. Los adolescentes, que son los que más se resisten, entran cuando entienden que el juego es adivinarle a los demás y no hablar de sí mismos.
  • Qué hace falta. Papel, lápiz para cada quien y alguien que lea. Nada más.
  • Con quién no funciona. Con la familia que llegó a la comida ya peleada. Una pregunta personal en ese clima se lee como indirecta, aunque no lo sea.

¿Cómo usarlas sin que parezca interrogatorio?

Cuatro reglas que hacen la diferencia entre una sobremesa memorable y un momento incómodo:

  • Tres preguntas, no veinte. Una sesión corta deja ganas; una larga se siente examen.
  • El que pregunta también responde. Sin esto es un interrogatorio, no una conversación.
  • Se puede pasar. Que quede dicho antes de empezar: cualquiera puede saltarse una pregunta sin dar explicaciones. Saber eso hace que casi nadie lo use.
  • No corregir el relato. Si alguien recuerda mal una fecha, no importa. Corregir mata la historia y quien la contaba no vuelve a contar otra. Esto es escucha activa aplicada a la mesa familiar.

¿Y si nadie quiere participar?

Empieza con una sola persona y con las preguntas de hechos, nunca con las de sentimientos. "¿Cómo era la casa donde creciste?" no amenaza a nadie, y suele desembocar sola en algo más profundo veinte minutos después.

Otra vía que funciona: pídelo como favor, no como actividad. "Quiero anotar algunas cosas para que no se pierdan" convence a mucha gente que se resistiría a "vamos a jugar un juego".

Y si funciona, anota. Una libreta o el celular grabando convierte la sobremesa en un álbum de recuerdos que en diez años va a ser irremplazable.

Si prefieren un formato ya armado que proponga las preguntas por ustedes, las opciones están en juegos para familia. Y si lo que necesitan es apenas arrancar la conversación en una reunión grande, sirve cualquier rompehielos: la diferencia con estas listas es que el rompehielos se agota en cinco minutos y estas preguntas dan para la sobremesa completa.

Preguntas frecuentes

¿Cómo saber cuánto conozco realmente a mi familia?

Elige a una persona y responde en silencio diez preguntas sobre ella sin preguntárselas: su primer trabajo, la calle donde creció, qué quería estudiar, cuál fue su año más difícil, qué le habría gustado que le preguntaran. Vale sólo lo que puedas contestar con seguridad. Casi todo el mundo acierta entre dos y cuatro, y eso no dice nada malo de nadie: dice que nunca hubo un momento para preguntar.

¿Para cuántas personas sirve el juego de preguntas familiares?

Desde tres, y funciona mejor entre cinco y ocho. De a dos pierde la gracia porque adivinar entre dos no tiene competencia, y con más de diez las rondas se alargan demasiado. Una ronda completa con seis personas toma entre treinta y cuarenta minutos.

¿Desde qué edad pueden jugar los niños?

Desde los seis o siete, si en vez de escribir se contesta a viva voz por turnos. Los adolescentes, que suelen ser los más reacios, entran cuando entienden que el juego consiste en adivinarle a los demás y no en hablar de sí mismos.

¿Qué preguntas conviene hacer primero en una familia que nunca habla de eso?

Las de hechos y no las de sentimientos. "¿Cómo era la casa donde creciste?" no amenaza a nadie y suele desembocar sola en algo más profundo veinte minutos después. "¿Cómo estás realmente?" en una mesa donde siempre se habló del tráfico suena a que algo pasa.

¿Cómo se juega el juego de adivinar las respuestas?

Uno es el protagonista de la ronda y se lee una pregunta sobre él en voz alta. Todos escriben en un papel lo que creen que va a contestar, incluido el protagonista con su propia respuesta, y se destapan al mismo tiempo. Un punto por acierto, y después el protagonista cuenta la historia completa: el puntaje es la excusa, la historia es el juego.

¿Qué hacer si en la familia nadie quiere participar?

Pídelo como favor y no como actividad. "Quiero anotar algunas cosas para que no se pierdan" convence a mucha gente que se resistiría a "vamos a jugar un juego". Y empieza con una sola persona, no con la mesa entera.

¿Qué preguntas hacerle a los abuelos antes de que sea tarde?

Las que nadie hace: cómo se conocieron, de dónde viene el apellido, qué historia de la familia creen que se va a perder, qué objeto de la casa tiene una historia y qué les gustaría que recordáramos de ellos. Esa última es incómoda de leer y es la que más agradecen las familias que la hicieron.

¿Cuántas preguntas conviene hacer en una sola sobremesa?

Tres, no veinte. Una sesión corta deja ganas de repetir; una larga se siente examen y quema el material completo en una tarde. Con seis personas, dos rondas del juego con puntaje ya llenan la comida entera.

¿Se puede jugar con la familia que vive en otra ciudad o en otro país?

Sí, y es de los pocos juegos que no pierden nada por videollamada. Cada quien escribe su respuesta en su casa y todos muestran el papel a la cámara al mismo tiempo. Basta con que una persona lea las preguntas.

¿Qué hacer si alguien recuerda mal un episodio familiar?

Dejarlo pasar. Corregir la fecha o el detalle mata la historia, y quien la estaba contando no vuelve a contar otra. En una sobremesa el objetivo no es establecer los hechos: es que alguien cuente algo que nadie había oído.

Equipo Editorial 100 Aventuras

Redacción

Equipo editorial de 100 Aventuras. Escribimos sobre vida en pareja, familia y regalos que generan una experiencia en vez de un objeto.

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